INFORME

Toda obra de arte, antes de serlo, fue garabato; es decir,

atisbo, vacilación, esbozo. Es más, toda obra de arte,

por terminada que parezca, sigue siendo garabato.

Orlando González Esteva

El ejercicio de Ernesto Alva (Ciudad de México, 1982) tiende a confirmar el discurso del filósofo francés Merleau-Ponty cuando asevera que la experiencia conseguida a través de la imagen deviene en “una integración instantánea al mundo y del mundo”. Interesado en las cualidades formales de la superficie y la materia, Alva ha desarrollado su práctica a la deriva entre la línea y la mancha, desprendida tanto de narraciones sincrónicas como de enunciados conceptuales para persistir, a través del pulso y el azar, en un asedio por asir la realidad, evocando la imagen de los días percibidos.

Oscilantes, las pinturas, dibujos y grabados de Alva testimonian el enfrentamiento de lo pleno con lo vacío, entre la luz y la oscuridad, de lo aleatorio ante el orden; pero sobre todo, la conciliación de significante y significado: el encuentro, como decía Machado, con la presencia. A partir de ciertos elementos (forma, color, textura, espacialidad) que se repiten infinitamente en tramas y laberintos, Ernesto Alva construye secuencias que adquieren diversos acentos en la historia de la abstracción, especialmente aquella lírica, gestual y de campos de color de Vasili Kandinsky, Pierre Soulages y Barnett Newman, respectivamente. Dentro del arte contemporáneo, el singular imaginario biomórfico de Alva tan sólo es semejante al del californiano James Siena.

Con Informe (2008-2014) Ernesto Alva entabla un diálogo físico y simbólico con el espacio de exhibición del Poliforum Siqueiros. Primero, al evidenciar la circularidad de la galería para montar un dispositivo en el cual la obra se encuentra desprovista de coordenadas para ser leída; de modo que no existe un principio ni un fin. Acaso tan sólo una sutil y progresiva transición cromática de lo claro a lo oscuro, y viceversa. Un dibujo que avanza sobre y tras de sí, superponiéndose, afirmando y negando a un mismo tiempo su existencia: línea infinita, círculo inconcluso. Después, dicha figura informe permite presenciar una revisión donde se “expone el proceso de trabajo, en cuanto tiene de mudanza y trasiego experiencial, técnica y conceptual, llevado a cabo por Alva durante los últimos siete años, determinantes éstos en la conformación de un lenguaje propio. Y si bien el lenguaje desarrollado por Ernesto Alva obtiene definición cada vez que logra aprehender una imagen, puesto que ésta le otorga los límites formales dentro de los que desplazarse y erigirse, igualmente es cierto que es un lenguaje instaurado en presencia en tanto se mantiene continuo, haciendo un elogio al garabato descrito por el isleño Orlando González Esteva y, claro, una remembranza del pensamiento de Octavio Paz cuando afirma que lo único que permanece es el cambio.

Así, el proceso empleado por Alva recuerda un ritmo deliberadamente demorado (como sucede con el serialismo de Pierre Boulez o el minimalismo de Henryk Górecki y Arvo Pärt), donde el tiempo pareciera suspendido, retraído sobre sí mismo hasta alcanzar características tangibles; ciertas densidades y veladuras conseguidas por medio del ensimismamiento de planos o la yuxtaposición de líneas que refieren a múltiples formas de vida orgánica, aunque abstracta. Una búsqueda clara y abierta: la disputa entre pulsión y contención. Mientras que la línea une, edifica y templa, la mancha dispersa, devasta y diluye. Semejante a la materia informe descrita por San Agustín, la obra de Ernesto Alva varía incesante de universos distantes sin adoptar o negar uno u otro; y es que no pretende ninguno, sino ser movimiento, encuentro, colisión; la contradictoria imagen donde todo es todo. Una batalla sin fatiga, lenta y contemplativa.

Christian Barragán

Curador