Un mejor lugar / Carla Rippey

Un Mejor Lugar

Ernesto Alva tiene solamente vientitres años, pero sospecho que es un alma vieja. Por lo menos, tiene muy presente el concepto de alma: el término aparece varias veces en los títulos de sus obras. Al juzgar por el grabado titulado “Lo que quedó de mi alma”, la suya es bastante densa, negra, y además, incompleta. Espero que sea una exageración de su parte.

Ernesto lleva seis años de hacer obra gráfica y cuatro de ser impresor profesional. Aprendió bien su oficio y su trabajo es impecable, tanto en la aplicación de aguatintas, el trabajo en varias placas, y la impresión en sí. Pero la precisión técnica no implica frialdad en el producto: la sensibilidad de Ernesto impregna su trabajo con una cualidad lúdica y riqueza tonal que hace invariablemente gozosa su contemplación.

En la presente exposición predominan los grabados: son 23, acompañados por cinco dibujos. Pero los grabados mismos tienen su génesis en los cuadernos repletos de dibujos que Ernesto tiene la costumbre de llenar. De los cuadernos que conozco yo, hay uno pensado como catálogo de “instantáneas” de viaje (“son paisajes, tienen horizonte”), y otro pensado como escenas de su destino (rebasan el recuadro porque se están viendo de cerca). Aparte de estas indicaciones, hay pocas pistas para encontrarle un significado a los dibujos. No sugieren situaciones tanto como estados de ánimo.

Hubo un momento en la trayectoria de Ernesto, en que sí hacía obra figurativa, pero me dice que no le satisfacía su trabajo en este campo, y decidió abandonarlo. Así se liberó para dedicarse a lo que más le interesa: la sugerencia misma, el adentrarse en sutilezas y tonalidades, en la creación de ambientes, o de un puente entre el micro y macrocosmos.

En las primeras series de grabados de la exposición, hechas hace más o menos un año, Ernesto retiene todavía el sentido de un protagonista. En las dos versiones de “Algo breve” y en “Esperando el sonido”, un espacio luminoso remarcado o protegido por manchas negras se ve suspendido en lo que podría ser un cielo o mar obscuro. En “Sobre sus almas”, este espacio o ente empieza a multiplicarse, o estar acompañado. En los grabados “Sin respuesta”, “Vacio hablando”, y “Lo que cae”, los entes ya son una especie de contenedor, como las bandas que amacizan un bulto, pero sin el bulto, y se mueven sobre un fondo bien matizado con sombra, luz, y rayos de color.

Aunque no siga cronológicamente, el tríptico de grabados chicos “Un mejor lugar” se emparenta con esta obra. Uno respira facilmente, y los elementos de las composiciones tienen espacio suficiente para reacomodarse suavemente de un cuadro a otro.

En los cinco dibujos presentados, los contenedores se mutan en estructuras, y podemos ver la amplia gama de tonos que Ernesto sabe sacar de la tinta china. Todavía respira el blanco del fondo.

Pero después de estas obras, entramos en un reino de sombra. De los grabados que siguen, algunos podrían ser un paisaje en la niebla, o algo visto bajo el microscópio: dan una sensación casi claustrofóbica, y nos atrapan en un ambiente denso y envolvente. (Incluso, hay un díptico que se llama “Ya sin aire”).

Ernesto nos vuelve a sumergir en los tres grabados “Mientras caen del cielo”, “Diálogo inútil” y “Lugar de ecos”, obras que evocan un mundo que podría ser el fondo del mar. El artista ha reforzado este efecto al jugar con la posición de sus placas, invierte la linea del horizonte para que el peso de la imagen venga desde arriba, como si fuera la superficie del agua. Para realizar el tríptico, intercambió cuatro placas, empleando tres de ellas, con orden, posición y entintado distinto, en cada grabado.

El juego con múltiples placas es una estrategia central al trabajo en grabado de Ernesto. En esta exposición hay varias series donde se barajan las placas para variar el resultado. Al reacomodarlas, busca explorar y hasta forzar sus posibilidades.

En “Paisaje incómodo – ida” y “Paisaje incómodo – vuelta” las mismas placas son simplemente cambiadas de color, ocre por negro y vice-versa. Para mí, las dos versiones sugieren la extrema incomodidad de estar perdido en un bosque al anochecer.

En otro trípico horizontal, de grabados de tres placas realizado en ocres, negros, y verdes, Ernesto considera que “Donde mi voz sea sólo luz” tiene que ver con un lugar, “Cuando al cruzar ya no estaba”, con un acontecimiento, y “lo que queda de mi alma”, con un objeto o personaje. Retoma seis de estas nueve placas para formar otro tríptico, esta vez vertical: “En espera del viento”, “Tocando la tierra”, y “Cansado de viajar”. Hace a un lado las placas que predominaba en el tríptico anterior (“las del dibujo”) y se queda con las placas de fondo, las más “minimalistas”. Esta vez repite en cada grabado una placa distinguida por un elemento vertical fuerte y la resplada con dos de las demás tres placas. ¿Los colores? Gris, negro cálido, y negro. La paleta más discreta de todas. La obra se hace cada vez más sutil, más muda, más refinada. Y es lo más reciente de Ernesto.

Vienen a mi mente referencias al Zen, al “cielo y tierra” del I Ching. Estas no son referencias que maneja Ernesto concientemente, pero me parecen implícitas en el camino que ha escogido. Ernesto afina y refuerza su búsqueda de grados extremos de quietud. Es una búsqueda exigente, cada vez más rigurosa, la que emprenden los sabios, hermitaños, y santos. Por eso insisto, la de Ernesto, ha de ser un alma vieja.

Carla Rippey

Ciudad de México

2006